Los macabros 27 - El nuevo inicio

29 oct 2025
3 min de lectura
Aunque suene absurdo porque debería ser obvio: Yo no vine a ser tú, ni tú viniste a ser el otro.
El nuevo inicio es mi reconciliación con el “nunca es demasiado tarde” y con el saber, de verdad, que sí vine a hacer lo que a mí —y solamente a mí— me haga feliz.
Es volver a empezar sin enterrar mis sueños.
Es confiar en que eso que anhelo es porque, de alguna manera, ya es mío.
Pienso mucho en un acontecimiento que viví y que, por más random que parezca, se volvió un gran maestro.
Mientras manejaba rumbo a mi natal Morelos desde la Ciudad de México un domingo, me paré en una tienda de gasolinera a comprarme una Coca-Cola Zero (me es importante mencionar la bebida, porque definitivamente es un gusto que refleja que estoy creciendo).
En ese pequeño road trip a casa de mis padres, me estaba cuestionando la autenticidad y el camino único de cada ser humano —algo que ahora habita con cierta permanencia en mi mente—.
Formada esperando mi turno a pagar, entró un montón de motociclistas, de esos que deciden rodar la México–Cuernavaca a un millón por hora los fines de semana.
Uno en específico llamó mi atención: traía una chaqueta negra de piel con franjas blancas, un enorme parche en su espalda con el nombre de su club, jeans oscuros, pañuelo en la cabeza, lentes de sol, bigote perfectamente peinado aunque el aire le hubiera atacado la cara… espectacular. Era el personaje completo.
También me llamó la atención su elección de botana post rodada: una Coca-Cola con Bacardí, un pan dulce industrial y unas frambuesas con chocolate.
Algo en mí pensó: “Joder, este hombre está viviendo su vida al máximo.”
Cuando subí al coche no pude no conversar conmigo misma sobre la increíble presencia y originalidad que habitaba ese hombre. Pensé:
“Claro, es que es su camino. Él tuvo ese llamado y lo está viviendo increíblemente. Yo nunca seré él. Yo no tendré mi chaqueta de cuero ni seré llamada por la adrenalina de ir velozmente por una carretera. Yo no… pero él sí.
Y él, tal vez, nunca será yo. Tal vez nunca llorará viendo la luna, pacheco, topless, con dos de sus mejores amistades en Mazunte.”
Claro, no lo conozco, pero entienden mi punto.
Me reconfortó.
Fue el ejemplo perfecto de que nadie vino a vivir lo mismo para encontrar la felicidad. No hay un solo camino y mucho menos una receta. Entendí que yo no vine a ser él ni nadie más que yo.
Ustedes no vinieron a ser yo, sino ustedes.
Y eso rompe con estereotipos, tiempos, “éxitos” y expectativas.
Y aunque parezca una oración obvia, seamos honestos: no lo es.
No todos venimos a casarnos, a tener una familia, a comprar una casa, a viajar por el mundo.
No todos vamos a trabajar en empresas de renombre, en los estudios “más creativos”, ni a ganar cierta cantidad para sentirnos “abundantes”.
No todos tendremos el cuerpo estereotípico “atractivo”.
No todos creeremos en el mismo dios, ni en las mismas doctrinas.
No todos entenderemos la riqueza y la pobreza con la misma definición.
Ningún ser vivirá exactamente la misma historia.
Cada quien hará lo que tenga que hacer para ser feliz y vivir en paz.
A su propio ritmo, en su propio camino.
Vuelvo a empezar.
Y más que volver a empezar, es volverme a direccionar hacia lo que soy en esencia.
Caminar con confianza en la incertidumbre.
Descubrir poco a poco quién soy y qué vine a entregar al mundo.
Confiar en que la dirección correcta siempre se siente más como verdad que como certeza. Confiar desde la sabiduría que viene del serme fiel y escucharme.




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